Orígenes
Santo Domingo y el Rosario
Una piadosa tradición, hacia 1214

Según una querida tradición, hacia 1214, mientras predicaba contra la herejía albigense en el sur de Francia, santo Domingo de Guzmán (c. 1170-1221) recibió el Rosario de manos de la Virgen María como arma de oración y de predicación. Generaciones de artistas pintaron la escena. Aquí, en el techo de la iglesia de los Gesuati de Venecia, Giambattista Tiepolo muestra a Domingo entregando el Rosario a una multitud de fieles, grandes y pequeños.

Los historiadores señalan que el relato no aparece en las primeras vidas de Domingo ni en los escritos de sus primeros compañeros. Lo difundió sobre todo, entre 1460 y 1475, el dominico bretón Alano de la Roca. En 1912 la Catholic Encyclopedia expuso las dudas, y hoy la mayoría de los historiadores ve el Rosario como fruto de un crecimiento gradual más que de un solo don. La Iglesia nunca ha definido la cuestión: el relato se venera como piadosa tradición, no como historia documentada.

¿Por qué, entonces, Domingo está tan unido al Rosario? Su Orden de Predicadores llegó a ser su mayor promotora. Los frailes dominicos fundaron cofradías del Rosario, predicaron sus misterios por Europa y América y dieron forma a su estructura clásica, y los papas llegaron a honrar a Domingo como su patrono. En la Virgen del Rosario de Caravaggio, adquirida más tarde por Rubens y otros pintores para la iglesia dominica de Amberes, el santo tiende rosarios a las manos ansiosas de los pobres.

En Roma, hacia 1220, el papa Honorio III confió a Domingo y a sus frailes la antigua basílica de Santa Sabina, en el monte Aventino. Todavía hoy es la sede del Maestro de la Orden dominicana. Su luminosa nave, construida hacia 422-432, es uno de los más bellos interiores paleocristianos de Roma. La iglesia guarda además la serena Virgen del Rosario de Sassoferrato (1643), en la que Domingo y santa Catalina de Siena reciben las cuentas.