Misterios Dolorosos

Se rezan los martes y viernes
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Primer Misterio DolorosoLa Oración de Jesús en el Huerto
Fruto del misterio: Conformidad con la voluntad de Dios
Escritura · Mt 26, 36–46
Entre tanto llegó Jesús con ellos a una granja llamada Gethsemaní, y les dijo: Sentaos aquí, mientras yo voy más allá, y hago oración. Y llevándose consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, empezó a entristecerse y angustiarse. Y les dijo entonces: Mi alma siente angustias mortales: aguardad aquí, y velad conmigo. Y adelantándose algunos pasos, se postró en tierra caído sobre su rostro, orando, y diciendo: Padre mío, si es posible, no me hagas beber este cáliz; pero no obstante no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú. Volvió después a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Es posible que no hayáis podido velar una hora conmigo? Velad, y orad para no caer en la tentación. Que si bien el espíritu está pronto, mas la carne es flaca. Volvióse de nuevo por segunda vez, y oró diciendo: Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo le beba, hágase tu voluntad. Dió después otra vuelta, y encontrólos dormidos; porque sus ojos estaban cargados de sueño. Y dejándolos, se retiró aun a orar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. En seguida volvió a sus discípulos, y les dijo: Dormid ahora y descansad: he aquí que llegó ya la hora, y el Hijo del hombre va luego a ser entregado en manos de los pecadores. Ea, levantaos, vamos de aquí: ya llega aquel que me ha de entregar.
Mt 26, 36–46 · Biblia Torres Amat (1823–25; ed. 1836)
Meditación
Sigamos a Jesús de noche al huerto de los olivos de Getsemaní. La ciudad duerme; la luna proyecta sombras entre los viejos árboles. Toma aparte a Pedro, Santiago y Juan y empieza a angustiarse: «Mi alma siente angustias mortales». Unos pasos más allá se postra rostro en tierra y ora: «No se haga lo que yo quiero, sino lo que tú». Tres veces vuelve y encuentra dormidos a sus amigos. Aquí, en la angustia, «este “sí” suyo cambia el “no” de los progenitores en el Edén». El amor no se sella en el sentimiento, sino en la entrega. Velemos con Él una hora, y pidamos la gracia de conformar nuestra voluntad con la del Padre, aunque cueste.
Cf. Rosarium Virginis Mariae, 22
Contempla: ¿Qué parte de mi vida no he entregado aún a la voluntad del Padre?
Por este misterio, pidamos la gracia de la conformidad con la voluntad de Dios.
Segundo Misterio DolorosoLa Flagelación del Señor

Fruto del misterio: Pureza
Escritura · Mc 15, 6–15
Solía él, por razón de la fiesta de Pascua, concederles la libertad de uno de los presos, cualquiera que el pueblo pidiese. Entre estos había uno llamado Barrabás, el cual estaba preso con otros sediciosos, por haber en cierto motín cometido un homicidio. Pues como el pueblo acudiese a esta sazón a pedirle el indulto que siempre les otorgaba, Pilato les respondió, diciendo: ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos? Porque sabía que los príncipes de los sacerdotes se le habían entregado por envidia. Mas los pontífices instigaron al pueblo a que pidiese más bien la libertad de Barrabás. Pilato de nuevo les habló, y les dijo: ¿Pues qué queréis que haga del rey de los judíos? Y ellos volvieron a gritar: Crucifícale. Y les decía: ¿Pues qué mal es el que ha hecho? Mas ellos gritaban con mayor fuerza: Crucifícale. Al fin Pilato deseando contentar al pueblo, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberle hecho azotar, se le entregó para que fuese crucificado.
Mc 15, 6–15 · Biblia Torres Amat (1823–25; ed. 1836)
Meditación
Situémonos en el patio del pretorio, de madrugada. La multitud ha elegido a Barrabás; Pilato, deseando contentar al pueblo, entrega a Jesús para que lo azoten. Los soldados lo atan a una columna. Los golpes caen una y otra vez sobre el cuerpo formado en el seno de María, el cuerpo que tocó a los leprosos y abrazó a los niños. Él no se resiste ni maldice. En silencio carga en su carne el desorden de nuestros deseos y el mal uso de nuestros cuerpos. Mirémoslo sin apartar la vista, y pidamos la pureza de corazón y de cuerpo: honrar el cuerpo como templo, y amar con un amor que nunca utiliza al otro.
Meditación · Rosarium
Contempla: ¿Cómo honro mi cuerpo, y el de los demás, como templo de Dios?
Por este misterio, pidamos la gracia de la pureza.
Tercer Misterio DolorosoLa Coronación de espinas

Fruto del misterio: Valentía moral
Escritura · Mc 15, 15–20
Al fin Pilato deseando contentar al pueblo, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberle hecho azotar, se le entregó para que fuese crucificado. Los soldados le llevaron entonces al patio del pretorio, y reuniéndose allí toda la cohorte, vístenle un manto de grana a manera de púrpura, y le ponen una corona de espinas entretejidas. Comenzaron en seguida a saludarle diciendo: Salve, oh rey de los judíos. Al mismo tiempo herían su cabeza con una caña; y escupíanle, e hincando las rodillas, le adoraban. Después de haberse así mofado de él, le desnudaron de la púrpura, y volviéndole a poner sus vestidos, le condujeron a fuera para crucificarle.
Mc 15, 15–20 · Biblia Torres Amat (1823–25; ed. 1836)
Meditación
Entremos en el patio donde se ha reunido toda la cohorte. Echan un manto de púrpura sobre los hombros desgarrados de Jesús, trenzan una corona de espinas y se la hunden en la cabeza. Lo golpean en la cabeza con una caña, le escupen y se arrodillan para burlarse: «Salve, oh rey de los judíos». Lo dicen como burla, y sin embargo es la verdad. El verdadero Rey es coronado con nuestro desprecio, y reina soportándolo. Pronto Pilato lo sacará y dirá: «Ecce homo», he aquí el hombre. Aquí vemos lo que significa ser verdaderamente humano. Pidamos valentía moral: defender la verdad cuando es ridiculizada, y no avergonzarnos nunca de Cristo.
Cf. Rosarium Virginis Mariae, 22
Contempla: ¿Dónde me tienta callar cuando debería ponerme del lado de Cristo?
Por este misterio, pidamos la gracia de la valentía moral.
Cuarto Misterio DolorosoJesús con la Cruz a cuestas

Fruto del misterio: Paciencia
Escritura · Lc 23, 26–32
Al conducirle al suplicio, echaron mano de un tal Simón natural de Cyrene, que venía de una granja; y le cargaron la cruz para que la llevara en pos de Jesús. Seguíale gran muchedumbre de pueblo, y de mujeres, las cuales se deshacían en llantos, y le plañían. Pero Jesús vuelto a ellas, les dijo: Hijas de Jerusalem, no lloréis por mí, llorad por vosotras mismas, y por vuestros hijos. Porque presto vendrán días en que se diga: Dichosas las estériles, y dichosos los vientres que no concibieron, y los pechos que no dieron de mamar. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Sepultadnos. Pues si al árbol verde le tratan de esta manera, ¿en el seco qué se hará? Eran también conducidos con Jesús a la muerte otros dos facinerosos.
Lc 23, 26–32 · Biblia Torres Amat (1823–25; ed. 1836)
Meditación
Unámonos a la multitud en la calle estrecha que sale de la ciudad. Jesús, agotado, carga el peso de la Cruz; cada paso es un esfuerzo. Los soldados detienen a Simón de Cirene, un hombre que volvía del campo, y le cargan la Cruz para que la lleve detrás de Jesús. Lo siguen unas mujeres llorando, y aun entonces Jesús se vuelve para hablarles. No se queja ni deja la carga. La lleva hasta el final, por nosotros. Nuestras cruces suelen ser pequeñas, cotidianas y no elegidas: una enfermedad, una persona difícil, una larga espera. Pidamos paciencia para llevarlas con Él, y para ayudar a llevar las cruces de los demás, como Simón.
Meditación · Rosarium
Contempla: ¿A quién podría ayudar a llevar su cruz esta semana?
Por este misterio, pidamos la gracia de la paciencia.
Quinto Misterio DolorosoLa Crucifixión y Muerte de Jesús

Fruto del misterio: Perseverancia
Escritura · Lc 23, 33–46
Llegados que fueron al lugar llamado Calvario u Osario, allí le crucificaron, y con él a los ladrones, uno a la diestra, y otro a la izquierda. Entre tanto Jesús decía: Padre mío, perdónales, porque no saben lo que hacen. Y ellos poniéndose a repartir entre sí sus vestidos, los sortearon. El pueblo lo estaba mirando todo, y a una con él los principales hacían befa de Jesús, diciendo: A otros ha salvado, sálvese pues a sí mismo, si él es el Cristo o Mesías, el escogido de Dios. Insultábanle no menos los soldados, los cuales se arrimaban a él, y presentándole vinagre, le decían: Si tú eres el rey de los judíos, ponte en salvo. Estaba colocado sobre la cabeza de Jesús un letrero escrito en griego, en latín y en hebreo, que decía: este es el rey de los judíos. Y uno de los ladrones que estaban crucificados, blasfemaba contra Jesús, diciendo: Si tú eres el Cristo o Mesías, sálvate a ti mismo, y a nosotros. Mas el otro le reprendía, diciendo: ¿Cómo, ni aun tú temes a Dios, estando como estás en el mismo suplicio? Y nosotros a la verdad estamos en él justamente, pues pagamos la pena merecida por nuestros delitos; pero este ningún mal ha hecho. Decía después a Jesús: Señor, acuérdate de mí, cuando hayas llegado a tu reino. Y Jesús le dijo: En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso. Era ya casi la hora de sexta o el medio día, y las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora de nona. El sol se oscureció y el velo del Templo se rasgó por medio. Entonces Jesús clamando con una voz muy grande, dijo: Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, espiró.
Lc 23, 33–46 · Biblia Torres Amat (1823–25; ed. 1836)
Meditación
Subamos al Calvario. A mediodía el cielo se oscurece. Jesús cuelga entre dos ladrones, escarnecido por los que pasan, y sin embargo ora: «Padre mío, perdónales». Promete el paraíso a un ladrón arrepentido. Entrega a su madre al discípulo amado, y el discípulo a ella. Luego, habiendo amado hasta el final, clama: «Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu», e inclina la cabeza. Nada queda sin cumplir. Los misterios de dolor nos invitan a permanecer «al pie de la cruz junto a María». Pidamos la perseverancia: permanecer fieles hasta el último aliento, confiándonos a las manos del Padre.
Cf. Rosarium Virginis Mariae, 22
Contempla: ¿Qué me ayudaría a permanecer fiel hasta el final?
Por este misterio, pidamos la gracia de la perseverancia.