Orígenes
Del Salterio a las cuentas
La Iglesia antigua y medieval

Durante siglos, monjes y monjas rezaron cada semana los 150 salmos, cantándolos en el coro a lo largo de las horas del día y de la noche. El Salterio era la gran escuela de la oración cristiana. Pero la mayoría de los laicos no sabía leer, no tenía libros y apenas conocía el latín de unas pocas oraciones aprendidas de memoria. ¿Cómo unirse a aquella alabanza incesante? La respuesta, madurada lentamente a lo largo de los siglos, llegaría a ser el Rosario.

Contar las oraciones es una costumbre antigua. En el siglo IV se decía que un monje del desierto llamado Pablo rezaba trescientas oraciones al día, apartando una piedrecita por cada una. En el Occidente medieval, quienes no podían leer el Salterio rezaban en su lugar 150 padrenuestros, contados en sartas de cuentas llamadas «paternóster». Los artesanos londinenses de cuentas dieron nombre a Paternoster Row, y Lady Godiva de Coventry legó un aro de gemas en el que contaba sus oraciones.

Hacia el siglo XII, la Salutación angélica, el saludo de Gabriel y de Isabel a María (Lucas 1,28.42), se había convertido en una oración común, y los fieles devotos comenzaron a repetirla de cincuenta en cincuenta, o en series de 150 llamadas «Salterio de Nuestra Señora». El nombre de Jesús se añadió más tarde, durante la Edad Media. La súplica final, «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores», se difundió en el siglo XV y quedó fijada en el Breviario Romano de 1568.